martes, 27 de septiembre de 2016

El viejo Ford: La magia de Vallobín me hizo creer.

Tras el verano del 11, cambió la historia y las risas de la reciente celebración se transformaron en el sufrimiento de la pretemporada más dura de mi vida. Todo comenzó con una llamada telefónica para comprobar si contabas conmigo.

"¿Qué tal las vacaciones, bien? Estarás moreno, ¿eh? Y a mi "sí" le siguió un "Qué cabrón..."

Y a correr.

Corrimos mucho, tiramos mucho a puerta y volvimos a correr y es que, "el partido contra el Condal estaba a la vuelta de la esquina". A partir de ahí, de aquel partido, yo empecé a creer. Pero no a creer que podíamos hacer algo importante en Segunda Cadete, que también. Creí en el destino. Llamadme loco, pero creí.

Te encantaba jugar al fuera de juego, esa arma de doble filo para los pésimos árbitros de la federación. Ese "un paso, Jorge, un paso" para dejar en posición antirreglamentaria al delantero que no supiese "moverse en el alambre" dejó de funcionar cuando Jorge, el central, pasó a juveniles. Y cuando algo que haces siempre y siempre has hecho bien, no funciona, malo. El marcador de Vallobín señalaba 1-4 al descanso en el duelo de recién ascendidos Vallobín - Condal. Íbamos tres abajo en el electrónico pero no jugábamos al baloncesto, ojalá. Y si comparamos todas las broncas del año anterior con la de aquel intermedio, aquellas parecían piropos a su lado. "¡Para ganar partidos en esta categoría hay que saltar de cabeza!" Esa frase quedó grabada para siempre en un vestuario que recibió la reprimenda de su vida.

"¿Cómo vamos?" Preguntó mi padre nada más llegar a las gradas, en el descanso. "Perdemos 1-4, pero esto se remonta." Esa fue la respuesta que le dio Nachín, por entonces infantil, y la respuesta que cualquier otro "guaje" daría. Entonces saltamos al campo y el equipo espabiló. ¡Y vaya que si espabiló! Cuatro goles en cinco minutos nos pusieron por delante. Sí, leen bien, cuatro goles y cinco minutos. El Condal no daba crédito. Yo tampoco pero simplemente me limité a celebrar como pocas veces en mi vida hice.

¿Ahora entienden por qué les digo que empecé a creer? ¿Cuántas veces en su vida van a ir perdiendo 1-4 en el minuto 45 e ir ganando 5-4 en el 50? Yo se lo adelanto, una. Aquello era Vallobín y no se podía perder en casa.

En la tercera jornada de liga, también en casa, eran ya eran palabras mayores: venía el Real Oviedo. El partido se puso cuesta arriba a pesar del para mí estupendo planteamiento que habíamos trabajado durante la semana. ¿Se acuerdan de las notas al estilo José Mourinho? Las puso en práctica, pero nuestro 4-5-1 no bastaba para contener a un Oviedo desbocado, que ganaba después de enchufar una inexistente falta al borde del área (0-1) y un clarísimo penal con expulsión a nuestro portero, Pablo, que se fue sin consuelo a los vestuarios, 0-2. Pero como ya saben, aquello era Vallobín y en el fútbol se juega mejor con 10 que con 11, o eso dicen.


Plantilla del C. D. Vallobín que se enfrentó al Real Oviedo en casa.

Fila de arriba: Cris (F.), Diego (Ent.), Pablo (P), Celso, Rodri, Raúl, Mendi, Andrés (C) y Castro.
Fila de abajo: Omar Betolaza, Carmen, Pelayo, Oriol, Fran, Marco, Motta y Christian Herrera.

Vallobín, 24 de septiembre de 2011.


A mí, personalmente, me llenaba de rabia que nos estuviesen ganando por acciones a balón parado. Ellos eran el Real Oviedo, y en Vallobín si me ganas es porque me superas, no porque te dan facilidades. Tras el 0-2 en contra, cualquier equipo se hubiese resignado con aquel resultado frente una selección de jugadores como aquella, pero no era esa nuestra intención. Sacamos de centro a 5 minutos del final de la primera parte y entonces se nos encendió una bombilla, un flash de fútbol que nos iluminó para hacer una única jugada que nos metiese en el partido y que encima acabó de la forma más bonita que jamás he visto. Para mí el mejor gol de toda la historia del Vallobín. No lo podía haber metido otro que Andrés, que envió un auténtico misil tierra-escuadra para poner el 1-2 en el marcador e irnos al túnel de vestuarios con esperanzas.

La sorpresa fue al entrar en la caseta y encontrarnos a nuestro portero, Pablo, sentado en el suelo llorando como si fuese algo ilógico ir palmando contra el Real Oviedo. A sus lágrimas, tú respondiste con la frase que para mí más encaja en este puzzle, pero a la vez la que más me desconcierta:


"No llores, Pablito, que en esta vida hay cosas mucho más importantes por las que llorar".

Tras dejar esa perla en el vestuario seguiste con la charla técnica, volvimos al planteamiento del principio y entonces nuestro 4-5-1 dio sus frutos tras materializar un penal que se cobró por una mano dentro del área de los azules, aquella tarde de verde. La cosa estaba empatada y nosotros seguíamos teniendo en cuenta tus consejos.
El portero rival tratando de desconcentrar a Motta antes de que materializase el penal que pondría el empate en el marcador.
Mientras, Mendi y Raúl se colocan al rechace.

En el vestuario nos insististe en la lenta transición de balón del Oviedo, para que nos aprovechásemos de ello, pero no pudimos evitar el 2-3, que llegó desde 40 metros, no sin algo de fortuna, y es que aquel balón entró en la "jaula" después de impactar en el larguero y en la cara de Fran, el defensa central que tuvo los bemoles de ponerse los guantes de portero ante el Real, tras la expulsión de Pablo.

¿Se acuerdan de cuando empecé a creer? Había sido dos semanas antes nada más, pero la confirmación de todo aquello llegó a Vallobín en el descuento de aquel partido de locos. Conseguimos una falta lateral y obviamente subimos todos a rematar una pelota que no sé ni cómo acabó entrando, no sólo por el minuto (91) sino por el más que claro empujón al portero y sobre todo por hacer una réplica de la "Mano de Dios". Andrés de nuevo, quién si no iba a materializar 90 minutos de lucha y de carrera continua detrás de una pelota que no estuvo en nuestro poder en ninguna fase del partido... Piña y al córner.

Fran y yo volvemos a nuestro campo tras lograr el empate. Al fondo, el banquillo del Oviedo se lleva las manos a la cabeza.

Te habíamos brindado el mejor día de tu vida, o eso nos dijiste... Yo no podía alegrarme más por todo lo que tú habías trabajado y preparado el choque, pero el lunes había que volver al tajo porque tocaba visitar al Llanes Urbania...

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